Vivienda pública o barbarie: el derecho a techo no puede depender del mercado ni del esfuerzo individual

reinmocan • 26 de julio de 2025

Vivienda pública o barbarie: cuando el derecho a un techo no puede quedar a merced del mercado ni del esfuerzo individual.

La radiografía de la vivienda en España es clara y dolorosa: un mercado desbocado, políticas erráticas o ineficaces, y una ciudadanía atrapada entre el miedo a no poder pagar el alquiler y la frustración de no poder comprar. Pero si queremos ir más allá del diagnóstico y empezar a hablar de soluciones reales, tenemos que cambiar radicalmente el marco de la conversación: la vivienda no puede seguir tratándose como una propiedad privada a la que se accede mediante mérito, herencia o suerte. Tiene que volver a ser lo que siempre debió ser: una infraestructura básica garantizada por el Estado.

Hoy en día, las políticas públicas no están resolviendo el problema: están gestionando sus consecuencias, y a menudo reforzándolas. Subvencionar al comprador primerizo, ofrecer ayudas al alquiler, avalar hipotecas a jóvenes o favorecer fiscalmente a propietarios “buenos” puede parecer empático, pero en el fondo son estrategias reactivas que dejan intacta la raíz del problema: que el parque de vivienda sigue en manos privadas, que la oferta pública es insignificante y que el precio lo sigue fijando un mercado sin límites, no el interés general.

En la práctica, eso significa lo siguiente: se está exigiendo a la ciudadanía que se adapte a un ecosistema profundamente hostil, como si buscar piso fuera una carrera de obstáculos inevitable, y no el resultado de décadas de renuncia política. Se exige a los jóvenes que ahorren lo que no pueden, a las familias que se endeuden durante 30 años, y a los inquilinos que acepten precios absurdos con la esperanza de que algún día “mejorará”. Es decir: se privatiza el riesgo mientras se socializan las consecuencias.

Pero hay una alternativa. Una que no es ni utópica ni imposible: construir, blindar y gestionar directamente un parque amplio, estable y bien distribuido de vivienda pública, al margen del mercado especulativo.

Países como Austria o los Países Bajos ya lo hacen desde hace décadas. No son paraísos comunistas: son democracias liberales que entendieron algo fundamental tras la Segunda Guerra Mundial: si dejas que el mercado controle el acceso a la vivienda, lo hará en función de la rentabilidad, no de la necesidad. Y si el Estado no interviene de forma activa, lo hará después pagando los costes sociales: desigualdad, despoblamiento, guetos, pérdida de talento joven, polarización y conflicto.

En España, solo el 2% del parque es vivienda pública permanente. En Viena es más del 40%. Esa brecha no es ideológica, es estructural. Y explica por qué aquí hablar de vivienda es hablar de angustia, y allí es hablar de estabilidad.

La solución no es construir “más vivienda” en abstracto, ni incentivar que los propietarios alquilen “un poco más barato” durante siete años. La solución es que el Estado construya directamente vivienda pública de calidad, y que esa vivienda no pueda ser vendida al cabo de unos años como quien revende un coche usado. Tiene que ser pública para siempre, como lo es una escuela, una carretera o un hospital. Porque una vez privatizada, esa inversión pública deja de servir al interés colectivo y se convierte en otra palanca del beneficio privado.

El acceso a la vivienda no puede depender de que los padres te ayuden con la entrada o de que heredes el piso del abuelo. No puede basarse en la familia como colchón, ni en los bancos como salvavidas, ni en los alquileres turísticos como fuente de ingresos paralelos. Necesitamos un modelo que no dependa del esfuerzo heroico de los individuos, sino de una red pública sólida, predecible y justa.

Esto no es una cuestión técnica. Es profundamente política. Y también profundamente ética: ¿queremos que el lugar donde vivimos dependa del azar del mercado o del compromiso de la democracia? ¿Queremos seguir tratando la vivienda como un activo financiero o como un derecho humano? ¿Queremos que nuestros hijos y nietos vivan alquilando a fondos buitre o compartiendo piso hasta los 40, o queremos ofrecerles una alternativa real que no dependa del poder adquisitivo?

España no saldrá de esta emergencia habitacional parcelando culpas ni maquillando cifras. Salir del problema exige voluntad política, inversión pública ambiciosa y una ruptura con el modelo actual. No basta con “ayudar” a los ciudadanos a sobrevivir en este sistema: hay que cambiar el sistema para que no tengan que sobrevivir, sino vivir con dignidad.

Porque si el Estado no construye vivienda pública suficiente, lo que está construyendo es un futuro de exclusión crónica. Y eso ya no es una crisis: es una renuncia colectiva.


Por reinmocan 30 de enero de 2026
Había una vez una mujer que heredó una casa. No un palacio, no una inversión especulativa. Una casa normal, heredada de un familiar, con la idea sencilla y honesta de venderla para ordenar su vida y pagar deudas que no había buscado, pero que tenía que afrontar. La casa estaba vacía y necesitaba una pequeña reforma. Nada extraordinario. Pintar, arreglar cuatro cosas y ponerla en el mercado. Entonces apareció un chico. Se presentó como reformista. Educado, convincente, con prisas por empezar. Le contó una historia creíble, de esas que no levantan sospechas. Ella confió. Porque confiar, hoy por hoy, sigue siendo un acto normal… aunque cada vez más arriesgado. Le dejó entrar. Y ahí empezó el verdadero cuento. El chico sí reformó la casa. Pero no la reformó para entregarla, ni para cumplir un encargo. La reformó para quedarse. En lugar de mejorar la vivienda para su propietaria, empezó a reformar su propia vida dentro de ella. Un día entró una persona más. Luego otra. Después, toda la familia. Cuando la propietaria quiso reaccionar, la casa ya no era su casa. Habían pasado de invitados a residentes. Y de residentes a intocables. La mujer acudió a donde se supone que hay que acudir cuando te quitan algo que es tuyo: a la justicia. Allí, el ocupante presentó su mejor defensa: un supuesto acuerdo verbal. Ningún papel, ninguna firma. Solo su palabra frente a la de la propietaria. Y, sorprendentemente, fue suficiente para sembrar la duda y alargar el proceso. Pero la justicia iba despacio. Muy despacio. Le pidieron papeles, informes, paciencia. Le hablaron de vulnerabilidad, de tiempos, de equilibrios sociales. Él aseguró que no tenía a dónde ir con su familia, que no contaba con recursos, que desalojar sería un drama humano. Nadie le habló de sus deudas, de su ansiedad ni de su derecho a disponer de su propiedad. Mientras tanto, el ocupante hacía vida normal. Normal no. Mejor que normal. Instaló una piscina en la azotea. Y mientras tanto, viajaba. Fotos, desplazamientos, escapadas. Para eso sí había dinero. Para pagar una vivienda que no era suya, no. Sí, una piscina. Desde fuera, la casa parecía la misma. Desde dentro, era un chalet con vistas… que no le pertenecía. Pasaron los meses. Luego los años. Tres años. Tres años sin vender. Tres años sin cobrar. Tres años pagando impuestos, comunidad y silencios administrativos. La casa seguía figurando a nombre de la propietaria, pero el uso, el disfrute y la tranquilidad tenían otro nombre. Este cuento no tiene dragones ni brujas. Tiene algo peor: un sistema que confunde protección social con abandono del propietario. Porque nadie realojó al ocupante. Nadie ayudó a la propietaria. Pero alguien decidió que ella debía esperar. Esperar a que el problema se resolviera solo. Esperar a que la deuda no ahogara. Esperar a que la ley recordara para quién estaba escrita. Y aquí viene la moraleja, aunque no sea infantil. Cuando una sociedad permite que alguien viva gratis en la casa de otro durante años, no está protegiendo a los débiles. Está castigando al responsable. Y cuando el propietario pierde el control de su vivienda, no pierde solo un inmueble. Pierde seguridad jurídica. Pierde confianza. Pierde la sensación de que la ley está de su lado. Este cuento es real. Y lo más inquietante no es que ocurra. Es que ya no sorprende.
Por reinmocan 30 de enero de 2026
La inseguridad jurídica y económica que sienten muchos propietarios de viviendas en alquiler está teniendo efectos colaterales devastadores sobre los más vulnerables: familias jóvenes con niños pequeños, pensionistas, familias monoparentales, personas con ingresos limitados y quienes dependen de ayudas sociales o protección legal frente a impagos. Mientras el discurso público se centra en proteger al inquilino, se olvida que sin confianza del propietario no hay mercado que funcione . El miedo de quienes poseen viviendas hace que muchos decidan retirar sus inmuebles del alquiler o endurecer las condiciones de acceso, reduciendo drásticamente la oferta disponible. EL MIEDO DEL PROPIETARIO Alquilar una vivienda se ha convertido en una apuesta de alto riesgo para muchos propietarios. Las razones son claras: Impuestos y costes legales elevados en caso de impagos u ocupaciones. Procesos judiciales largos e inciertos , que pueden prolongarse meses o años. Inseguridad jurídica derivada de normas que no protegen de manera efectiva al propietario. El resultado es que los propietarios actúan de manera racional: prefieren no arriesgar , incluso aunque el potencial inquilino esté amparado por la ley como persona vulnerable. QUIÉNES SUFREN MÁS La inseguridad de los propietarios impacta de manera desigual. Los más afectados son los que dependen de ciertas protecciones o tienen menos recursos: Familias jóvenes con niños pequeños , que buscan estabilidad. Pensionistas y personas mayores , con ingresos fijos y limitados. Familias monoparentales , con responsabilidades y recursos reducidos. Personas con empleo temporal, autónomos o ingresos bajos , cuya estabilidad económica no siempre es constante. Inquilinos con apoyo social o ayudas , protegidos legalmente frente a impagos, pero percibidos como un riesgo por los propietarios. Cuanto más se calienta el mercado, más caros y escasos se vuelven los alquileres, y más difícil resulta para estas personas encontrar vivienda accesible. En otras palabras, quien más necesita protección es quien más sufre la contracción del mercado . CONSECUENCIAS PARA EL MERCADO DEL ALQUILER La combinación de miedo y regulación mal planteada tiene efectos claros y medibles: Menor oferta de viviendas para alquilar. Precios más altos , al reducirse la competencia por la demanda existente. Condiciones más duras para los inquilinos , como avales elevados y contratos restrictivos. Desconfianza en la inversión inmobiliaria , frenando nuevos proyectos y ampliaciones de oferta. Cuando la confianza del propietario desaparece, el mercado residencial se rompe , y la regulación, en lugar de corregir, termina agravando la crisis. RIESGO FUTURO DE INQUILINOS VULNERABLES Si la situación actual continúa: Los propietarios seguirán alquilando solo a perfiles percibidos como “seguros”, excluyendo a los más vulnerables. La oferta seguirá disminuyendo y los precios subirán. Las políticas de protección social y derechos de inquilinos no lograrán garantizar acceso a vivienda sin confianza del propietario . En resumen, las familias jóvenes, los pensionistas y las personas en riesgo económico seguirán siendo los más perjudicados , y cada aumento de tensión en el mercado les hará más difícil acceder a un alquiler digno. POSIBLES SOLUCIONES Para equilibrar la seguridad del propietario y la protección del inquilino vulnerable, se requieren medidas concretas y coherentes: Seguridad jurídica efectiva: procedimientos claros y rápidos frente a impagos y ocupaciones. Seguros de impago y protección para propietarios: mitigando riesgos y animando a alquilar a personas vulnerables. Incentivos fiscales: deducciones o beneficios para propietarios que alquilen a inquilinos protegidos legalmente. Mediación preventiva: servicios que resuelvan conflictos antes de llegar a juicio. Transparencia y educación: informar tanto a propietarios como a inquilinos sobre derechos, obligaciones y garantías reales. CONCLUSIÓN El miedo del propietario no es capricho, es racional . Pero si no se actúa para proteger su confianza, el mercado seguirá contrayéndose y los más vulnerables serán los que más lo sufran: familias jóvenes, pensionistas, familias monoparentales y personas con ingresos limitados. La solución pasa por equilibrio, seguridad jurídica y medidas inteligentes que protejan tanto al propietario como al inquilino. Solo así se podrá recuperar la confianza, aumentar la oferta de viviendas y garantizar un mercado de alquiler accesible para quienes más lo necesitan .
Por reinmocan 30 de enero de 2026
En España se habla mucho de la regulación del alquiler como la solución para frenar los precios y proteger al inquilino. Sin embargo, la realidad demuestra que más leyes no siempre equivalen a más viviendas disponibles , y en muchos casos el resultado es justamente lo contrario: menos oferta, más desconfianza y precios al alza . CÓMO LA REGULACIÓN AFECTA AL PROPIETARIO Cada nueva norma añade más complejidad, límites y riesgos para quien pone su vivienda en alquiler: Mayor inseguridad jurídica: muchas leyes no aclaran completamente derechos y obligaciones, dejando a los propietarios desprotegidos. Procesos judiciales más lentos: impagos o conflictos derivados de la regulación tardan meses o años en resolverse. Riesgo económico: límites de precios, controles y restricciones aumentan la percepción de riesgo, desincentivando a quien podría alquilar. El resultado es lógico: muchos propietarios deciden retirar sus viviendas del mercado o endurecer las condiciones de acceso. Lo que se pretendía como solución se convierte en un efecto contrario: menos viviendas disponibles para quienes más las necesitan . CONSECUENCIAS PARA EL MERCADO DEL ALQUILER Cuando la oferta disminuye, el mercado se tensiona automáticamente: Precios al alza: menos viviendas significa más competencia entre inquilinos. Endurecimiento de requisitos: avales, depósitos más altos y condiciones más estrictas. Inseguridad generalizada: los propietarios temen asumir riesgos y el mercado se retrae. En otras palabras, la regulación mal planteada rompe la confianza , que es la base de cualquier mercado funcional. QUÉ SE NECESITA REALMENTE No se trata de eliminar la regulación, sino de hacerla inteligente y equilibrada: Seguridad jurídica clara: leyes que protejan tanto al inquilino como al propietario. Procesos ágiles: resolución rápida de conflictos y impagos. Incentivos a la oferta: beneficios fiscales o seguros que mitiguen riesgos y animen a alquilar. Medidas basadas en datos reales: regulación adaptada a la oferta, demanda y características locales del mercado. Regular sin entender las consecuencias es estrangular el mercado y castigar al propietario , justo lo que estamos viendo hoy. CONCLUSIÓN Y EN MI OPINIÓN PERSONAL La regulación del alquiler en España ha desincentivado a quienes sostienen la oferta, aumentando la escasez y tensionando los precios. La solución pasa por equilibrio y seguridad jurídica : establecer leyes claras que protejan al propietario, agilicen los procesos judiciales, y acompañarlas con incentivos a quienes alquilan , como beneficios fiscales, seguros frente a impagos y apoyo administrativo. Solo así se podrá recuperar la confianza de los propietarios, aumentar la oferta de vivienda y estabilizar el mercado del alquiler . Regular sin proteger al propietario no es política, es un error que pagamos todos.
Por reinmocan 30 de enero de 2026
La okupación ilegal en España ha dejado de ser un fenómeno marginal para convertirse en un problema estructural y recurrente. No se trata de casos aislados: cada vez más viviendas se ven afectadas, tanto en grandes ciudades como en municipios pequeños, generando un impacto directo en la confianza de los propietarios y en la estabilidad del mercado del alquiler. IMPACTO EN LOS PROPIETARIOS El mayor problema no es únicamente el acto de ocupar una vivienda, sino que el sistema no protege de manera efectiva al propietario. Los procesos judiciales son largos y costosos, los desalojos pueden tardar meses o incluso años, y los gastos económicos y emocionales recaen siempre sobre quien cumple la ley. Como consecuencia, muchos propietarios deciden retirar sus viviendas del mercado, endurecer las condiciones de alquiler o directamente dejar de invertir en propiedades. Esto tiene un efecto inmediato en la oferta de vivienda disponible, encareciendo los precios y aumentando la competencia entre inquilinos. CONSECUENCIAS PARA EL MERCADO DE ALQUILER La falta de protección jurídica y la inseguridad generan un círculo vicioso: Menos oferta de alquiler, lo que presiona al alza los precios. Endurecimiento de requisitos para inquilinos, como avales, garantías y depósitos más altos. Desconfianza en la inversión inmobiliaria, afectando incluso a nuevas construcciones y proyectos de vivienda. La okupación ilegal no solo afecta a la vivienda ocupada, sino que distorsiona todo el mercado residencial, incrementando la escasez y reduciendo la movilidad en el sector inmobiliario. LA RESPUESTA AL SISTEMA Actualmente, la legislación y las políticas del Gobierno no ofrecen soluciones eficaces. La protección del propietario es limitada, los procedimientos judiciales son lentos y la sensación de impunidad para los ocupantes genera frustración y desconfianza. Además, muchas medidas se centran en proteger al inquilino sin equilibrar derechos, provocando que la oferta de viviendas de alquiler se retraiga y se agudicen los problemas de acceso a vivienda digna. SOLUCIONES PARA RESTAURAR LA CONFIANZA Existen medidas concretas que podrían mitigar la okupación ilegal y fortalecer la confianza de los propietarios: Desalojos rápidos y procedimientos exprés: reducir plazos y simplificar trámites protege al propietario sin vulnerar derechos. Seguridad jurídica clara: leyes equilibradas que definan derechos y sanciones frente a okupaciones. Incentivos a la oferta de alquiler: beneficios fiscales o seguros que respalden a los propietarios frente a riesgos. Campañas de información y educación: aclarar derechos y obligaciones reduce conflictos y malentendidos. Colaboración público-privada: coordinación con agencias de seguridad y urbanismo para prevenir ocupaciones y detectar riesgos anticipadamente. La okupación ilegal en España no es un problema menor; afecta directamente a propietarios, al mercado del alquiler y a la estabilidad del sector inmobiliario. Negar su impacto o minimizarlo solo agrava la crisis. Solo con medidas claras, rápidas y equilibradas se podrá recuperar la confianza, aumentar la oferta de vivienda y estabilizar un mercado que hoy está bajo presión constante.
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